Imponderables vacunos
Juan Casimiro Tommasi (Universidad Nacional de Córdoba)
Imponderables vacunos
Juan Casimiro Tommasi (Universidad Nacional de Córdoba)
Para baixar o arquivo em PDF, clique aqui.
El chorriado
Transcurría el año 2020 cuando en el monte[1] tuvimos un inconveniente con un vecino, que se ganaba[2] en nuestro campo. El problema era que este animal había quedado toro, debido a la falta de manejo reproductivo del rodeo. No se trataba de un toro elegido como reproductor, sino de uno de esos terneros que nacen y crecen en los montes y que, al no ser capados a tiempo, terminan quedando toros y pueden llegar a servir[3] a las vacas.
Así fue que el Chorriado, como le decía Vargas, el puestero[4] del campo, por la mezcla de colores en su cuerpo (era negro con manchas marrones que parecían literalmente chorrearle), comenzó a visitarnos cada vez más seguido. Persiguiendo alguna vaca en celo, el animal cruzaba el alambrado destrozando los cercos linderos, ya de por sí en mal estado. Vargas me había advertido: —Esta porquería en cualquier momento va a servir a una de nuestras vacas—.
Le decía porquería porque el chorriado, además de causar perjuicio en las instalaciones, era un animal ordinario, “no definido”, como se dice en la jerga ganadera. Si bien teníamos algunos toros en el campo, este visitante se las ingeniaba para imponerse sigilosamente entre las vacas. O quizá ellas lo preferían, vaya uno a saber.
Le avisamos al vecino que su animal estaba continuamente en nuestro campo y que necesitábamos que hiciera algo al respecto. Sin embargo, no hubo respuesta favorable. —Ni debe saber qué animal es —decía Vargas, seguramente con razón.
Cierto día, algo molesto por la situación, le dije: —Enlazalo a campo y carnealo.
Hagan unos chorizos con tu familia—.
Eran demasiadas las veces que el toro se cruzaba. Si llegaba a servir alguna de nuestras vacas, generaría perjuicio ya que saldrían crías que no serían las que deseábamos. Vargas dudaba. —No puedo carnearlo, después los vecinos hablan al pedo—, me dijo. Pero en una de esas ocasiones en que también él se cansó; me avisó que había enlazado al animal y lo había capado.
Lo que no sabíamos, pero descubriríamos meses más tarde, era que, en alguna de sus incursiones por el monte, el señor Chorreado había dejado preñada una de nuestras vacas. Nos enteramos cuando nació la cría: tenía los mismos rasgos manchados que su padre. Era una ternerita hembra, hija de una de las vacas lecheras[5] del tambo. La llamaron Lupita.
La ternera pasó junto a su madre los primeros meses, hasta cumplir aproximadamente un año de edad. Cuando las crías alcanzan cierta edad y comienzan a comer por sí mismas, es momento de separarlas, “destetarlas” para ser precisos, con el objetivo de aliviar a la madre y permitirle llegar en buen estado[6] al celo de primavera para un nuevo servicio.
Cuando llegó ese momento, mandamos a Lupita a recriarse la isla con otros siete terneros nacidos ese mismo año. Si la primavera traía lluvias, habría buen pasto, y la isla se volvería un lugar adecuado para esa categoría de animales. La recría es una etapa exigente, en la que la alimentación es decisiva para el futuro del animal. Los veterinarios insisten en su importancia: una mala recría puede arruinar al ternero/a y comprometer su potencial como reproductor/a.
Lupita y sus compañeros marcharon hacia la isla “La Miseria” una tarde de agosto de 2021. Según Carlos, el puestero, durante la primera semana anduvieron muy inquietos, como suele ocurrir cuando los animales cambian de querencia. -Buscan bastante- decía Carlos, expresión que me generaba curiosidad. Los lugareños me explicaban que a los animales recién llegados les lleva unos días calmarse y establecer las coordenadas necesarias para aquerenciarse un nuevo territorio.
Semanas más tarde, Carlos me comentó que los terneros estaban lindos y habían agarrado campo[7]. Fui tres veces a recorrer[8] la isla mientras Lupita estaba allí. Todo marchaba bien, hasta que ocurrieron sucesos inesperados.
Lupita recién llegada a la isla.
En los campos de tierra firme suele hacerse una separación por categorías —terneros, vaquillas, novillos, vacas, toros—, pero en la isla, animales de diferentes dueños conviven mezclados en grandes extensiones abiertas. Al no discriminar por edad ni por sexo, el manejo reproductivo se vuelve prácticamente imposible: el celo actúa libremente. Esa falta de control puede generar inconvenientes, sobre todo cuando animales grandes sirven vaquillas demasiado jóvenes.
Lupita era una de esas terneras de tamaño pequeño, pero ya estaba en condición reproductiva. Cuando entró en celo, la montó un toro mucho más grande que ella. Nadie presenció el hecho; todo es, más bien, una suposición.
Una mañana, el puestero me mandó un mensaje por WhatsApp diciendo que una de las vaquillas, estaba en el campo, aparentemente quebrada.
—Para mí la han estropeado queriéndola montar —dijo Carlos—. — Es difícil que se levante; tiene la pata sacada —.
Me amargué por la situación. Sabía que esas cosas eran parte del riesgo de la ganadería de las islas. Durante los días siguientes, Carlos, que la observaba en sus recorridas cotidianas, me contaba que Lupita peleaba por levantarse. Cinco días después me avisó que lo había logrado. Fue una gran noticia. Tenía fuerzas, o —quizás— la fuerza y la voluntad de vivir habían encontrado en ella un cuerpo bien dispuesto.
A pesar de esto, no tenía demasiadas expectativas ya que, con una pata menos, le sería difícil comer bien y reponerse. Además, aunque se salvara, estaba quebrada y ya no tenía una reproductiva dentro del rodeo. Era, como dicen los lugareños, una vaca descarte[9]. En esas condiciones, ni siquiera iba a engordar bien para venderla como vaca gorda.
—Vamos a ver si se salva —le dije—. —Si gana unos kilos, la hacemos chorizo[10]—.
Fue transcurriendo la primavera y abriéndose paso el verano. La isla empezaba a ponerse linda: el pasto crecía y había buen campo para los animales. Si la isla se pone linda, los animales también, porque engordan. Lupita acompañaba ese devenir y, para sorpresa del puestero, arrastrando una pata, seguía viva.
Pasaron los meses hasta que, con la llegada del otoño, época en que los arrendatarios suelen organizarse para sacar los animales gordos, Carlitos me dijo con un tono más serio: —Che, tu vaca está engordando. Capaz que para el invierno la podemos hacer chorizo, como vos decías—. Acordamos esperar un tiempo más, hasta ver cómo llegaba Lupita al invierno. Esa es la época ideal para hacer chorizos: el frío ayuda a conservar la carne durante el proceso que consiste en carnear y embutir, y es indispensable para el secado posterior.
Para junio empezaron las heladas trayendo ese frío invernal que se cala hasta en los huesos. Lupita estaba bastante linda, según Carlos. Hablé con Cholo, puestero de la isla vecina, para que organizáramos juntos la choriceada. La idea era agarrar a Lupita en el campo, carnearla y despostarla ahí mismo. Luego llevaríamos la carne al puesto de Cholo que tenía buenas instalaciones para hacer la faena. Él pondría un chancho, para ganar unos kilos más y sacar una buena mezcla de vacuno y cerdo. Todo estaba encaminado: habíamos programado hacerlo el fin de semana largo de julio, cuando a todos nos quedaba cómodo.
Nacimiento
Sin embargo, nada de eso ocurrió. A comienzos de julio me llegó otro mensaje, con una foto adjunta. Era Carlitos: -Mira, tu vaca- decía el texto junto a la foto. En la previsualización de la imagen ya intuía que se trataba de Lupita: un bulto borroso, chorreado, asomaba entre los pastizales. -Se murió-, pensé para mis adentros. Las heladas y el invierno suelen ser implacables con los animales flacos, más aún con uno quebrado como ella. Al descargar la foto vi a Lupita, más que viva, erguida entre los pastos, junto a un ternero pequeño, blanco y también chorreado, mamando de su ubre, casi oculta por la deformación que le había dejado la quebradura.
Confieso que sentí algo ambiguo, difícil de describir. Por un lado, la sorpresa: no podía creer que la vaca hubiese parido en ese estado. Se ve que en el mismo momento en que el toro la descaderó, al servirla, también la dejó preñada. Me impresionaba la precisión del celo, su fuerza biológica, su empuje vital. La sorpresa me dio alegría y una especie de admiración silenciosa.
Por otro lado, sentí algo de amargura. Me había entusiasmado con la idea de tener mi primera choriceada en la isla junto a los puesteros, aquél mundo etnográfico del que se nutría mi trabajo y del que aprendía continuamente. Me perdería no solo un gran evento etnográfico, sino también un momento de trabajo compartido. Además, pensaba que difícilmente Lupita podría criar bien a su ternero: debía alimentarse no sólo a sí misma, sino también a su cría, y en pleno invierno, con su condición, todo jugaba en contra.
Acordamos con Carlos dejarla tranquila y ver cómo evolucionaba. Si empeoraba, le sacaríamos el ternero para criarlo guacho[11]. Si bien las perspectivas eran malas, Lupita ya las había desafiado anteriormente.
Usted, lector o lectora, debe imaginar que yo no podía pedirle a Carlos que me mandara noticias de Lupita todos los días. Tenía a su cuidado unas mil cabezas de ganado de diferentes dueños en aquella isla, además de otras novecientas en la isla de enfrente. Aunque recorría los rodeos cotidianamente, no podía ir a buscar cada vez a Lupita. Además seguía siendo una vaca descarte, es decir, sin valor reproductivo, y menos ahora que había vuelto a ser la vaca flaca de antes. Lupita nos había engañado creyendo que engordaba: no eran kilos de carne, sino un ternero lo que crecía en su vientre.
Pasaron los meses. Lupita y su cría sobrevivieron al invierno. La primavera vino buena, las lluvias acompañaron, y para el verano había campo de sobra.
—¡Demasiado bien está, pobre vaca! —decían Cholo y Carlitos cuando la veíamos con su ternero en la isla. El ternero era más pequeño y malcriado que los demás terneros nacidos esa temporada: se criaba lento, como guacheado. Lupita hacía lo que podía con la leche que tenía. Aun así, lo criaba. El ternero siempre andaba cerca de ella.
Creciente
Para fines de noviembre, el río Paraná había comenzado a crecer rápidamente. La altura del río es fundamental para la ganadería de las islas, ya que es el factor que posibilita o impide tener animales allí. Durante los últimos tres años nunca se había llegado a un punto que ameritara sacar la hacienda.
A mediados de diciembre fui a recorrer la isla y el campo se veía hermoso: las aguadas rebalsaban, pero si seguía creciendo arriba[12], el agua no tardaría en llegar. Con medio metro más que levantara, tendríamos que evacuar los animales. Diez días después, tal cual fue lo que sucedió. Carlitos nos pidió a todos los arrendatarios que nos organizáramos para sacar las vacas de la isla porque el agua se venía. Hubo que llamar, casi rogar, al barco para que nos diera turno. Todos los productores con hacienda en las islas estaban desesperados por sacar sus animales, y el barco ya casi no tenía disponibilidad. Nos dio turno para la semana siguiente: dos días seguidos. Nos advirtió que nos organizáramos bien, porque solo podría hacer los viajes que alcanzara durante ese tiempo ya que después seguiría con otros compromisos. Para poder sacar todo, tendríamos que trabajar sin pausa, día y noche.
La mañana en que nos congregamos casi todos los arrendatarios para sacar los animales no hubo mucho tiempo para hablar ni organizar demasiado. Seguimos las indicaciones del puestero sobre cómo proceder. Nos dijo que saldríamos de a caballo para encerrar la hacienda e iríamos dejando animales en el corral; para luego seguir juntando más animales por otras zonas de la isla. La idea era hacer tres encierros en el día, y cada vez que llegara el barco ir cargando para que hiciera los viajes hasta el Puerto.
Los dos primeros encierros fueron fluidos; los animales colaboraban y no tuvimos mayores inconvenientes. Eso sí: sacábamos todo junto; después veríamos qué animal era de cada quién. No había tiempo para separarlos antes. Para el tercer encierre salimos a caballo a eso de las tres de la tarde. Demoramos unas dos horas entre que encontramos y rodeamos los animales. Luego empezamos a arrearlos hacia el corral. En el lote pude distinguir a Lupita y su ternero. Ella marchaba a su ritmo, pisando solo con una pata y arrastrando la otra. Obviamente no podía correr. En los arreos hay momentos en que la situación se intensifica y hay que apurar la marcha; Lupita se retrasaba. En un momento los animales debían caer al agua para bandear el bañado.
Lupita y su ternero habían quedado atrás y no se animaban a largarse. Yo me retrasaba con ellos. Carlitos me gritó: —¡Vení a atajar acá! — señalando un espacio vacío en el cordón que formábamos a caballo arreando las vacas. —Llevá el ternero y dejá la vaca. ¡No podemos demorarnos tanto! —.
No podía contrariarlo y, aunque quisiera, no podía quedarme: me habría perdido en la isla. Me dispuse a hacer lo que la situación exigía, y con el rebenque le di en el lomo al ternero para que avanzara. Ahí sí, saltó al agua sin pensarlo dos veces. El ternero cruzaba, y Lupita se quedaba atrás. Quería largarse al agua, pero algo se lo impedía. Bramaba llamándolo.
Pasamos el bañado; yo detrás del ternero a caballo, gritándole y devolviéndolo al rodeo con el rebenque. Apuré la marcha y me acerqué al resto de los muchachos. Busqué a Carlitos: —La vaca se me quedó allá —le dije, volteando la cabeza intentando verla. Aún permanecía allí, amagando con dejarse caer al agua. —Vamos a llevar el ternero; capaz que ella venga después — respondió.
Si bien en sus palabras había buena intención, intuía que era difícil que Lupita llegara al corral. Aún estábamos lejos, a unos veinte minutos de arreo. La marcha siguió. Para ese momento yo estaba cansado. Llegamos al corral con la última luz del día. Entró toda la hacienda y cerramos la tranquera. Era el momento de descanso nocturno, al menos por un rato, porque el barco pronto volvería para cargar otra tanda.
Barco esperando para cargar hacienda.
Bajé del caballo y miré el corral. Los animales estaban inquietos, nerviosos todavía tras el arreo. El ternero de Lupita estaba allí, junto a la tranquera, mirando hacia la isla, buscando a su madre. Yo estaba cansado, con hambre y sin ánimo. -Al menos está el ternero-, pensé.
Después de comer y dormir un rato, a eso de las dos de la mañana vino de nuevo el barco. Cargamos los animales del corral más chico. Al fin podíamos dormir un poco más; el barco volvería a las siete. Antes de acostarme, Carlitos me dijo: —Capaz que venga tu vaca. Mañana vamos a ver—. No le contesté.
Me desperté a las seis, el día estaba claro y los muchachos mateaban junto al fuego. Me acerqué en busca de un mate que me despabilara. Carlitos me convidó y me pidió que fuera al corral a ver si estaba todo bien. Todavía medio dormido, le hice caso, en la isla manda el puestero, y uno obedece. Me despabilé cuando vi que, en la puerta del corral, balando al rodeo, estaba Lupita: toda descuajeringada, con la pata a la rastra, buscando a su ternero, que estaría entre esos trescientos animales encerrados.
—Muuuu... muuuuuuu—, el corral era un solo balerío.
¡Qué alegría sentí al verla!, y otra vez, sorpresa. Carlitos seguramente ya la habría visto, por eso me había mandado a ver el corral. Los isleros tienen esa forma indirecta de decir las cosas. Le abrí la puerta del corral y entró despacito. Al rato, su cría le estaba mamando. Esos balidos en que madre e hijo se buscan son la expresión sonora, que luego es afirmada mediante el olfato, de concretar ese agenciamiento primordial que hace posible la vida, que la alimenta.
Lupita y su ternero estaban en el corral y saldrían en el próximo viaje del barco, siempre y cuando todo marchara bien, porque Lupita —al arrastrar una pata y con su movilidad limitada— debía aún bajar por la barranca y subir la rampa del barco.
La fuerza de Lupita, su deseo de buscar a su ternero, esa fuerza que insiste entre madre y cría, hizo lo necesario para que esta historia continuara. Lupita y su ternero subieron al barco esa mañana, siempre a su ritmo, haciendo que todo el trabajo alrededor de ella —y por lo tanto del resto de los animales— disminuyera en intensidad. Había que esperarla para permitirle ser parte del rodeo. A nadie se le ocurría dejarla allí porque era un animal que tenía fuerza para vivir y eso se respeta en la isla. Lupita nos hacía ralentizar la marcha. Nos obligaba a detenernos un instante más. Nos hacía pensar.
En esos dos días salieron nueve barcazas de animales. Cada una transportaba entre noventa y cien cabezas, dependiendo de su tamaño. Una vez fuera de la isla, fuimos a unos corrales de la firma consignataria que nos prestó sus instalaciones para descargar y armar las tropas de cada productor. En todo ese proceso perdí de vista a Lupita por largo rato.
Por la noche habíamos separado bastante bien los lotes de cada propietario. Lupita estaba entre mis vacas, junto a su ternero. Al día siguiente trasladamos los animales hasta los corrales de casa, a unos veinte kilómetros de la feria.
Unos días antes había conseguido unos rollos de alfalfa para alimentarlos hasta decidir qué hacer con el lote de animales. Algunas vacas se irían a la venta tiempo después y otras quedarían en casa hasta poder regresarlas al monte. Los animales estuvieron ahí alrededor de treinta días allí. La situación se volvía insostenible ya que mis corrales son chicos y los animales pisoteaban mucho. Además, al estar en las cercanías de un pueblo, al costado de la ruta, no es un sitio apropiado para tener hacienda por tanto tiempo.
Lupita y su ternero en los corrales de casa.
Cuando logramos ubicar las vacas en distintos lugares, solo tres animales quedaron en casa: Lupita, su cría y una vaquilla que había quedado ciega y que el comprador a quien le vendí los terneros no la quiso incluir en el lote. Todo se había calmado luego de esas semanas intensas marcadas por la creciente del río. Las vacas estaban ya en lugares seguros y había logrado vender los terneros. En mi patio habían quedado solamente Lupita, su ternero y la vaquilla ciega.
Con el paso de los meses, el ternero de Lupita fue creciendo. Era chorreado y pequeño en comparación con otros terneros de su edad. Estaba entrando en edad reproductiva. Seguía mamando de Lupita y la exigía demasiado. Había que tomar una decisión: si seguía entero, es decir, sin castrar, tarde o temprano podría servir a la vaquilla ciega. Además, era un animal bastante ordinario para ser toro y había que aliviar a Lupita, que empezaba a enflaquecer. Unos meses después, cuando las aguas del Paraná bajaron y se pudo volver a llevar animales a la isla, organicé un viaje con otro lote de terneros nacidos la primavera anterior de las vacas del monte. Pensé que era una buena oportunidad para incluir en el lote a la cría de Lupita.
Hace unos meses se fue junto con el lote de terneros y hoy está en la isla. La última vez que fui —hace unas tres semanas— los vi: estaba echando kilos y no parecía haber sufrido demasiado el destete.
El hijo de Lupita en la isla.
Lupita y la vaquilla ciega quedaron en el corral de casa. A la ciega la venía alimentando de manera diferenciada para, cuando estuviese gorda, carnearla para el freezer[13]. Hace aproximadamente un mes vino un muchacho carnicero, quien suele ayudarme en las carneadas. Le había dicho que venga a mirar qué le parecía la vaquilla, si estaba gorda[14] o si consideraba que le faltaba. Al verla me dijo que la veía linda, pero que le daba la impresión de que estaba echando ubre. —¿No estará preñada?—preguntó.
—No, no hay forma —le respondí—, acá no había toro.
En los días siguientes se empezó a notar, cada vez más, que efectivamente estaba bajando ubre, por lo que tuve que admitir que algo estaba pasando. Esto me obligó a desistir de la idea de carnearla, aunque confieso que tampoco estaba muy decidido a hacerlo, porque la última vez que tuve un animal en mi patio al que alimenté diariamente para luego carnearlo, me persiguió en un sueño la noche siguiente a su sacrificio, muy enojado conmigo. No había sido una experiencia agradable, y no quería pasar por lo mismo otra vez[15].
El miércoles de la semana pasada empezó a hacer movimientos pélvicos extraños, estaba inquieta, como si quisiera largar algo. La vi cerca del mediodía y no quería creer lo que era evidente. Me fui a dormir una siesta. Cuando me desperté, de nuevo eran tres en el corral: Lupita, la ciega y ahora, su cría. Abuela, madre e hija. Se ve que tiempo atrás, el ternero de Lupita — aún no sé de qué manera— había llegado a servir a la vaquilla ciega. No solo la había servido, sino que además había quedado preñada.
Esta historia podría continuar, pero pondremos aquí una pausa.
Las vacas nos hacen pensar cuando trastocan nuestros planes, recordándonos una y otra vez que son mucho más que ganado. Desde la persistencia de chorriado, considerado un animal “ordinario” porque no respondía a ninguna de las razas “definidas” de producción de carne, sino que más bien era un animal sin raza, criollo, mezclado, chorriado; pasando por Lupita que era una vaquilla pequeña y quebrada para ser madre, y sin embargo lo fué; hasta sua cría y la vaquilla ciega, pareja ordinaria, todos animales descarte que cada vez que los quisimos hacer carne nos han puesto una excusa; la vida ha encontrado fuerza para escabullirse y seguir su curso. Probablemente esta rusticidad de los animales criollos, no definidos, le juega a su favor. Lupita no fue chorizo, la ciega no fue a parar al freezer. El ternero de Lupita fue toro, al menos por un tiempo, y todo esto por motivos que dejan ver los imponderables de tratar con animales, fuerzas vivas en sí mismas que muchas veces creemos controlar aunque nos desbordan. Lo único que puedo hacer al respecto ahora es contar algo de sus historias, ya que también son las mías.
Publicado em 24 de novembro de 2025.
Notas
[1] Cuando hablo de monte, me refiero a campos altos del centro de la provincia de Entre Ríos, caracterizados por la presencia de formaciones de árboles nativos —principalmente ñandubay, algarrobo y espinillo—, además de arroyos y tajamares que conforman el paisaje. En esa zona se encuentra el establecimiento ganadero perteneciente tradicionalmente a mi familia. En cambio, cuando menciono la isla, aludo a las tierras bajas del departamento Diamante (Entre Ríos), donde se realiza una ganadería extensiva bajo un régimen particular: diferentes arrendatarios llevan sus animales a las islas, al cuidado de un puestero —habitante local, muchas veces de larga tradición isleña—, a cambio del pago mensual de un arriendo “por cabeza”. La vegetación y los pastizales de estas zonas pertenecen tanto a ambientes terrestres y acuáticos. La principal condición de la vida ganadera en las islas es el ritmo del río Paraná: durante sus crecientes, es necesario evacuar todo lo que allí habita y trasladarla a campos altos en tierra firme ya que toda la zona queda bajo agua.
[2] Esta expresión refiere a que el animal ingresaba al campo por cuenta propia, sorteando de diferentes maneras los límites establecidos (alambrados, boyeros eléctricos).
[3] Esta expresión se utiliza para mencionar el hecho de montar a una vaca que está en celo.
[4] Los puesteros son quienes habitan en los establecimientos y se encargan del cuidado cotidiano de los animales, entre otros trabajos.
[5] Si bien nuestro campo no es un establecimiento lácteo, Vargas y su familia eligen algunas vacas del rodeo para sacarles leche y hacer con ella uno o dos quesos por día que luego entregan a un almacén cercano a cambio de mercadería. Con estas vacas lecheras comparten leche con el ternero, es decir, le sacan algo de leche a la vaca sin vaciar la ubre, dejándole unos litros para la cría. Generalmente estas vacas (y sus crías) son nombradas de manera singular. Clara, la hija más chica de la familia es quien elige los nombres, aunque a veces discuten con su madre porque no logran ponerse de acuerdo.
[6] Dentro de los establecimientos ganaderos es fundamental que las vacas lleguen al momento de servicio en un buen estado corporal dado que así es más probable que tengan un celo efectivo y puedan quedar preñadas nuevamente.
[7] Estas expresiones son muy comunes para referirse a aquellos animales que han empezado a alimentarse adecuadamente y van ganando kilos. Esto se puede ver en que el animal deja de deteriorarse físicamente (producto del cambio de campo y sobre todo del destete de su madre), comienza a comer y se lo nota tranquilo.
[8] Término que refiere al hecho de andar a caballo y con los perros por la isla mirando las vacas, prestando atención a si hay algún animal abichado o que muestre algo extraño en su comportamiento. Recorrer es el acto cotidiano y más recurrente vinculado al cuidar animales en la isla.
[9] Las vacas descarte son aquellas que están identificadas para ser sacadas del rodeo de cría por diferentes motivos. Puede ser porque se hayan averiado físicamente, porque sea un animal ya avanzado en edad, o simplemente por gusto estético del productor que decide qué vacas serán las madres en su rodeo.
[10] Hacer chorizo es una de las maneras en que se aprovecha la carne de aquellos animales que por un motivo u otro pasan a ser considerados descarte del rodeo reproductivo.
[11] Esta expresión hace referencia a la acción de criar un ternero sin su madre. Este procedimiento puede tomar diferentes formas, pero generalmente se lo alimenta a mamadera durante las primeras semanas para luego pasar a darle alimento balanceado y forraje.
[12] Se tiene en cuenta la altura que marca el río en los Puertos Iguazú y Andresito, en la provincia de Misiones.
[13] Expresión utilizada cuando uno carnea para consumo propio.
[14] Estar gorda quiere decir también estar en condiciones aptas para faena. Estos criterios si bien son generales, pueden variar de acuerdo a quién mira y los gustos de cada quién. Hay personas que prefieren animales muy gordos y engrasados y otros que prefieren más bien con poca grasa y más encarnados. Saber mirar estas diferencias y relacionarlas con los gustos de consumo es una de las habilidades de un buen carnicero.
[15] He elaborado una descripción del sueño (aunque quedará para otra entrada) en el que aquel animal al que alimenté todos los días durante dos meses, me corría enojado queriendo toparme. En mi sueño yo iba con el balde de comida y el animal ya no estaba dispuesto a comer sino que solamente quería atacarme. No dejó de perseguirme hasta luego de pasado un buen tiempo.
* Juan Casimiro Tommasi es licenciado en Antropología y doctorando en Estudios Sociales Agrarios por el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Becario doctoral del CIT-CONICET Rafaela, realizo trabajo etnográfico en la provincia de Entre Ríos, donde nací y actualmente vivo. Mi investigación se centra en los mundos vinculados a la cría y el cuidado de vacas entre poblaciones rurales, especialmente en las islas del Delta del Río Paraná. Además de investigar estos vínculos como etnógrafo, también formo parte de ellos como ganadero. Es decir, además de observar cómo las personas con las que trabajo miran, piensan y se afectan con vacas, estar parcialmente a cargo de un rodeo de animales me obliga también a vivir con ellas desde esta relación que supone pensarlas en términos de ganado. En esta intersección transcurre mi proyecto de investigación doctoral. Lo que en un primer momento fue pensado como una estrategia de ingreso al campo, hoy se ha desbordado y vuelto parte de mi vida cotidiana más allá de la antropología.
Como citar: Tommasi, Juan Casimiro. 2025. Imponderables vacunos. Blog da Capivara, disponível em: https://humanimaliaufscar.net/blog-da-capivara/imponderables-vacunos.